La ciudad
después de ella
Se fue un martes, a la hora en que la ciudad cambia de turno. Los que vuelven a casa se cruzan con los que recién empiezan y ninguno se mira. Yo estaba en el medio, parado en la esquina de siempre, aprendiendo el oficio nuevo de esperar a alguien que no viene.
Buenos Aires tiene una manera educada de seguir andando. Los colectivos pasan igual. Las persianas suben a la misma hora. El del kiosco me da el vuelto con la misma cara de todos los días. Todo sigue exactamente donde estaba, y ahí está el problema: quedó un hueco con su forma en cada lugar donde ella entraba.
El departamento guarda mejor memoria que yo. Hay un vaso que nadie tocó. Hay un perfume que se metió en el placard y se hizo el dueño. Apago la luz y la ventana me devuelve el celeste de los carteles de la avenida, ese celeste que a ella le parecía barato y a mí me parecía suyo.
Bajé a la calle a las cuatro. En esta ciudad, a esa hora, siempre hay alguien despierto con un motivo parecido al tuyo…
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